eeuu-venez-2.jpeg
Imagen tomada de Prensa Latina.
 

"No solo la región se pronunció, sino que Rusia, China y la Unión Europea condenaron la acción militar y reiteraron su rechazo a la vía armada"

SANTO DOMINGO, REPÚBLICA DOMINICANA. La doctrina Monroe, la narrativa de los “logros” y el atestado de supremacía de un presidente, que se asume a sí mismo como emperador sobre América Latina, vuelven a quedar en evidencia. Para una franja importante de analistas, dirigentes políticos y medios internacionales, la agresión militar ejecutada por Estados Unidos, el 03 de enero de 2026, contra Venezuela no representa una demostración de fuerza, sino una derrota política para Donald Trump.

No se trata de una interpretación ideológica aislada. Las reacciones regionales e internacionales hablan por sí solas.

En el caso de México, su reacción fue contundente: rechazó cualquier intervención militar e invocó sus principios históricos de no intervención y autodeterminación de los pueblos. Rescató la Doctrina Estrada, formulada en 1930, según la cual ningún Estado debe pronunciarse sobre la legitimidad de gobiernos extranjeros, porque hacerlo constituye una forma de injerencia.

En su lugar, el gobierno mexicano se enfoca en el respeto a la soberanía, la no intervención y la autodeterminación de una nación, además, advirtió, que una agresión militar agravaría la crisis humanitaria regional. Perder el respaldo mexicano no es un detalle menor: implica debilitar seriamente el liderazgo de Washington en el hemisferio.

Uruguay, Brasil, Colombia, Chile y Perú también condenaron el uso unilateral de la fuerza y defendieron una salida diplomática y multilateral. Expresaron su preocupación por la inestabilidad fronteriza, las oleadas migratorias, el riesgo de conflictos armados y la expansión de grupos irregulares. Fue claro el mensaje: tener diferencias políticas con Venezuela no equivale a respaldar una intervención extranjera. Esa postura rompió la narrativa de Trump. En América del Sur y especialmente Brasil priorizó su seguridad regional sobre un alineamiento ciegamente con Washington, también la falta de apoyo colombiano resultó particularmente significativa.

Mientras, hasta en la misma Organización de Estados Americanos (OEA), calificada por el comandante Fidel Castro como un “Ministerio de las Colonias de Estados Unidos”, “instrumento del imperialismo” y “basura”, profundamente dividida, tampoco logró consenso para avalar la intervención. Varios Estados insistieron en que el uso de la fuerza violaba su propia Carta. En términos políticos, Estados Unidos quedó prácticamente aislado en el plano institucional latinoamericano.

No solo la región se pronunció, sino que Rusia, China y la Unión Europea condenaron la acción militar y reiteraron su rechazo a la vía armada. El resultado es evidente: Trump, en su lógica imperialista e intervencionista no construyó una coalición, fracturó el consenso regional y ofreció a sus rivales globales nuevos argumentos para cuestionar el liderazgo estadounidense. En geopolítica, ganar sin aliados es perder influencia.

Por eso la derrota es política no militar para el presidente Donald Trump, lo que trajo consigo consecuencias como: divisiones políticas internas en Estados Unidos, críticas y cuestionamientos constitucionales y legales, debilitamiento de la legitimidad presidencial, rechazo regional e internacional, que limita cualquier ganancia diplomática y un discurso que queda erosionado y cada vez menos creíble por la falta de objetivos claros.

En definitiva, la operación contra Venezuela no fortaleció la posición de Washington; sino que la debilitó, pues generó más costos que beneficios dentro y fuera de sus fronteras.

Pero el conflicto no se libra solo con misiles. También se combate en el terreno de las percepciones. Es importante cuidar a Venezuela y su sistema político; desde hace años se construye un relato internacional, que la presenta como un Estado fallido, una “dictadura” homogénea o una amenaza regional.

Esa narrativa no es inocente: facilita sanciones, aislamiento diplomático y presiones externas. Al mismo tiempo, busca deslegitimar al Estado venezolano y a sus instituciones, erosionar la confianza ciudadana en el sistema político, judicial y electoral, e instalar la idea de que no existe salida institucional posible. Dando como resultado lo que incentiva a la frustración, abstención o migración.

Para el Movimiento Popular Dominicano (MPD), a todo lo anterior se suma la difusión permanente de noticias negativas, muchas veces descontextualizadas o falsas, la amplificación de errores reales y campañas digitales diseñadas para producir sensación de colapso permanente y caos inminente. Otro elemento es el impacto psicológico: miedo, desesperanza, agotamiento emocional y percepción de que el derrumbe es inevitable. Así se debilita la resiliencia social y la capacidad de organización colectiva, mientras se presiona a militares, funcionarios, empresarios, organismos internacionales y gobiernos extranjeros.

Nuestra organización marxista-leninista entiende que, en este proceso, juega un papel determinante la capacidad de los militantes revolucionarios para establecer la diferencia entre la propaganda tradicional y la guerra cognitiva imperialista. Esta se disfraza de análisis técnico, de información objetiva, de consenso internacional; pero opera de forma silenciosa, constante y acumulativa.

Por eso, para el militante revolucionario, comprender esta dimensión es fundamental: no se trata solo de resistir una agresión militar, sino una estrategia integral de dominación basada en el control de percepciones, emociones y marcos interpretativos colectivos, tanto a nivel local como regional. Mediante desinformación sistemática, manipulación mediática, sanciones económicas y relatos, se busca deslegitimar al Estado venezolano. También se busca quebrar la voluntad política de un pueblo, no solo derrocar a un gobierno.

En ese marco, la “derrota política” de Estados Unidos en Venezuela, adquiere su verdadero significado, se puede entender como el fracaso de Washington para imponer de manera sostenida su agenda de “cambio de régimen y dominación geopolítica”, pese a décadas de sanciones, presiones diplomáticas y más recientemente acciones militares directas y el secuestro de su presidente constitucional, el chavismo y el sistema político se consolidan. 

En definitiva, lo ocurrido en Caracas no revela la debilidad de Venezuela, sino los límites de la política exterior estadounidense, cuando subestima los factores internos, la resistencia nacionalista y la compleja geopolítica regional e internacional.

 

¡¡Fuera yanquis del Caribe!!



 

Comisión Política del Movimiento Popular Dominicano (MPD)

Comentarios